En 2026, la mayoría de las grandes empresas ya han invertido en inteligencia artificial.
Licencias de Copilot, asistentes conversacionales, plataformas de IA generativa, chatbots internos, automatización de procesos... Los presupuestos están comprometidos y las expectativas son altas.
Sin embargo, una pregunta surge sistemáticamente en los comités de dirección:
«¿Qué ROI estamos obteniendo realmente?»
La respuesta suele ser incómoda.
Porque desplegar una tecnología no es lo mismo que crear valor.
El mito del ROI automático
Muchas organizaciones han seguido el mismo esquema:
✅ Compra de licencias
✅ Despliegue técnico
✅ Comunicación interna
✅ Algunas demostraciones entusiastas
Y luego...
❌ Colaboradores que siguen trabajando como antes
❌ Un uso irregular de las herramientas
❌ Usos limitados a unos pocos «power users»
❌ Dificultad para medir las ganancias reales
El problema no es la IA.
El problema es pensar que la adopción seguirá naturalmente al despliegue.
Ninguna transformación digital ha ocurrido así.
¿Por qué sería diferente con la IA?
La brecha más costosa: las competencias
La IA generativa no requiere solo nuevas herramientas.
Exige nuevas competencias:
- saber formular prompts eficaces;
- comprender los límites de los modelos;
- verificar los resultados producidos;
- identificar los casos de uso adecuados;
- integrar la IA en los procesos existentes;
- respetar los requisitos de seguridad y cumplimiento.
Cuando un colaborador domina estas competencias, el valor aparece rápidamente.
Cuando no las domina, la herramienta permanece infrautilizada.
Y una licencia no utilizada no genera ningún ROI.
La formación ya no es un «nice to have»
Con la llegada de la AI Act europea, la cuestión adquiere otra dimensión.
El artículo 4 del reglamento impone a las organizaciones velar por que las personas que utilicen sistemas de IA dispongan de un nivel suficiente de competencias en IA adaptado a su función.
Dicho de otro modo:
la mejora de las competencias ya no es solo una palanca de rendimiento, se convierte también en un desafío de cumplimiento.
Las empresas que triunfen no serán necesariamente las que compren más IA.
Serán aquellas que ayuden a sus colaboradores a utilizarla de forma inteligente.
Formar sí, pero ¿formar en qué?
La tentación de ofrecer una formación idéntica para todo el mundo es grande.
Sin embargo, rara vez es eficaz.
Un director financiero, un comercial, un abogado o un desarrollador no tienen ni las mismas necesidades ni los mismos usos.
Antes de lanzar formaciones masivas, merece la pena plantearse una pregunta fundamental:
¿Cuál es hoy el nivel real de madurez en IA de mis equipos?
Sin respuesta a esta pregunta, el riesgo es simple:
Formar a todo el mundo de la misma manera, al mismo coste, para obtener resultados muy diferentes.
Lo que distingue a las empresas más avanzadas
Las organizaciones más maduras aplican generalmente tres principios:
- Miden las competencias antes de invertir.
- Identifican a los grupos prioritarios.
- Realizan un seguimiento de la adopción y el impacto a lo largo del tiempo.
Consideran la formación en IA como una inversión estratégica y no como un gasto de sensibilización.
Porque, al final, la verdadera pregunta no es:
«¿Cuánto hemos invertido en IA?»
Sino más bien:
«¿Cuánto valor son capaces de crear nuestros colaboradores gracias a la IA?»
Y esa respuesta comienza siempre por las competencias.
💬 En su opinión, ¿cuál es hoy el principal freno al ROI de la IA en las empresas: la tecnología, los usos o las competencias?

